Hasta hace muy poco, el terrorismo era una de las grandes preocupaciones de la ciudadanía por su gran capacidad de generar muerte, sinsentido, destrucción y dolor, pero también, no lo olvidemos, por su cuestionamiento del marco político. El Gobierno Vasco, en su Informe – base de vulneraciones de derechos humanos en el caso vasco (1960-2013) cifra en 837 las personas muertas a manos de ETA y otros grupos que emplearon la violencia, en 94 las muertes producidas por la Fuerzas de Seguridad y en 73 las causadas por grupos parapoliciales y de extrema derecha, lo que arroja un total de 1004 personas fallecidas.

Solo en los veinte últimos años, la violencia de género ha superado de largo esa cifra. Paradójicamente, y a la vez en lógica respuesta a una alarma social inferior a pesar de las periódicas y efectistas campañas en torno a fechas clave, para combatirla se emplea un número de medios materiales y personales notablemente menor. ¿No es también una forma eficaz e intensa de matar, destruir y sembrar el dolor y el sinsentido?. Seguramente cuesta percibir esta violencia como un ataque a nuestro marco político aunque cuestione el derecho a la igualdad y la vida del cincuenta por ciento de la población. ¿Es ese un porcentaje suficiente para alcanzar la consideración de política?

Si no nos sonroja admitir que hay rangos entre las víctimas, la argumentación acaba aquí. Si la idea nos resulta escandalosa, habrá que seguir rastreando en las causas y proponer acciones para la educación, la prevención y la atención. Por mi parte, quiero esbozar una reflexión en torno a dos preguntas.

La primera es la que se suele hacer a las víctimas de violencia de género física, sexual o psicológica en el marco de la pareja (hay otras violencias de género de orden estructural: económica, legislativa, ideológica, laboral, que afectan a las mujeres) una vez que deciden hablar y salir de su aislamiento: ¿cómo explicar los casos en que se ejerce violencia sobre mujeres con trabajo y recursos o cuando no hay descendencia o contra mujeres con las que se mantiene una relación pero no se convive o contra chicas jóvenes, contra la novia o la compañera, mujeres que podríamos calificar de más independientes y por lo tanto menos vulnerables?

Creo que parte de la respuesta tiene que ver con el amor, con el lugar privilegiado que ocupa el amor en nuestro imaginario social y especialmente en el imaginario de las mujeres. Como señalan Ulrich Beck y Elisabeth Beck-Gernsheim en su ya clásico El normal caos del amor: “Cuantos más referentes se pierden para la estabilidad, más dirigimos hacia la relación con la pareja la necesidad que sentimos de dar sentido y arraigo a nuestra vida.” Y para las mujeres, el amor es la piedra de toque. En otras palabras, construimos nuestra legitimidad existencial, nuestro éxito vital, en gran medida en torno a nuestros logros amorosos. ¿Cómo reconocer que ese proyecto en el que tanto se ha invertido no tiene recorrido, es una realidad fallida,violenta, destructiva? De ahí al ¿qué he hecho mal? o ¿por qué me pasa esto a mí? no hay ni un paso, el corto paso que encapsula en el ámbito privado un problema de dimensión pública y política. Las mujeres nos juzgamos frecuentemente así porque hemos sido socializadas para hacerlo. El amor nos prestigia, tener una pareja nos consolida porque alguien valora y valida lo que somos. Triste, la verdad, pero mientras la familia, la escuela y los medios no realicemos un esfuerzo en otro sentido, la violencia formará parte del juego y ni el nivel educativo, ni la posición social ni la información serán antídotos infalibles. Así se explica que adolescentes y jóvenes educadas en aparente igualdad y en aulas mixtas soporten, toleren e incluso no reconozcan como tales comportamientos violentos y abusivos.

Por otra parte, ¿cómo se explica que adolescentes y jóvenes educados en aparente igualdad y en aulas mixtas toleren e incluso no reconozcan como tales los comportamientos violentos y los tratos abusivos que ellos o sus compañeros infligen a sus compañeras? Para contestar a esta, es necesaria una segunda pregunta, la que se hace a los hombres que dicen no compartir actitudes violentas: ¿Vosotros, de qué lado estáis? La mayor parte de las veces la respuesta no se oye o no resulta convincente. ¿Por qué? Porque no prestigia, no aporta, más bien al contrario. Situarse al lado de lo vulnerable vulnera. Un ejemplo reciente: aún jugándose el beneplácito de la audiencia en un contexto preelectoral, Albert Rivera y Pablo Iglesias, los valores emergentes del panorama político nacional, no hicieron ni mención a los planes de sus formaciones sobre la cuestión. Las muertes por violencia de género no están en sus agendas al nivel de otras muertes. La cuestión subyacente de la igualdad se ventiló con un comentario rápido, frívolo y no razonado. Al parecer, con este asunto sienten que se juegan muy poco y su actitud refuerza la idea de que la violencia de género es un problema de las mujeres aun cuando los agresores sean hombres. Así, ellos y muchos otros se convierten cómplices del miedo de las mujeres y de la violencia que desde su posición pueden ayudar a desenmascarar y combatir.

Si los hombres que son referentes de otros hombres y de otros jóvenes: políticos, líderes de opinión, educadores, líderes comunitarios y religiosos, no toman partido y no prestigian los comportamientos igualitarios y denuncian, identifican y rechazan todo tipo de violencia hacia las mujeres, lo tenemos muy difícil, porque la mayoría de posiciones de poder, la mayoría de liderazgos de opinión, la mayoría de emisores de valores, a día de hoy y no casualmente, son hombres.

Maite Pérez Larumbe/ Presidenta Asociación Colectivo Alaiz
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