Quienes están en contacto con el fenómeno de la violencia de género constatan la dificultad de hacerlo comprensible, de transmitir su dimensión social y política, de comunicar su extensión y enraizamiento. Quienes la conocen dicen que el humus de desigualdades y privilegios que la nutre está tan normalizado que pasa desapercibido. La violencia de género es un fenómeno incómodo que afecta a los mensajes y a los actores y desdibuja la respuesta social. Quienes trabajan para erradicarla aseguran que hay formulaciones que lejos de avanzar diagnósticos y soluciones la sitúan en el ámbito de lo fatal, lo automático, lo inabordable. Calificarla de lacra es una de ellas, porque la violencia de género no es sino la expresión a veces delictiva y siempre vulneradora de derechos de la superioridad masculina que preconiza el patriarcado.

Analicemos un ejemplo real de esta dificultad. Hace unos días, durante una formación en igualdad para un grupo de jóvenes, todos chicos, -el grupo llevaba ya unas semanas reflexionando y se habían abordado las desigualdades laborales, simbólicas, económicas y de acceso al poder- se expusieron algunas cifras mundiales de la violencia contra las mujeres. Se hablaba de maltrato físico y psicológico, feminicidios, ablaciones, violaciones, abusos sexuales, matrimonios forzados… y se utilizaba una medida, la población española (redondeando, 46 millones de personas) para representar gráficamente el número de afectadas. Las cifras son, ahí están, pensar en países enteros habitados por personas que experimentan la violencia en sus vidas permite acercar su enormidad. Se bajó también a la realidad europea y a la española. Puesto que estas violencias parecían emanar de la desigualdad estructural previamente relatada, la educadora planteó una pregunta para responder personalmente: Y yo, ¿qué puedo hacer para favorecer la igualdad en mi entorno? Uno de los jóvenes dio una respuesta que, en su aparente sencillez, posibilita ahondar por lo que tiene de extendida y de explicativa: Yo no puedo hacer nada. Lo que tenéis que hacer las mujeres es juntaros entre todas para defender vuestros derechos. Vayamos poco a poco.

Yo no puedo hacer nada. Lo dice un chico normal, un chico majo que se sorprende de la extensión del fenómeno y que entiende que son otros quienes violan, matan, abusan, se emparejan con niñas o maltratan, que al no hacerlo él, y así es, no puede intervenir. ¿Realmente no puede hacer nada? ¿Favorecen la información que circula y la educación que se imparte este posicionamiento?

Lo que tenéis que hacer las mujeres es juntaros. Parece que las mujeres (todas, puesto que corresponde a todas agruparnos, y todas por serlo) tenemos un problema. Nos pasan cosas injustas, desagradables o trágicas. Para defender vuestros derechos. Pero, ¿frente a quién hemos de defenderlos?, ¿frente a los hombres que cometen los actos delictivos?, ¿no basta con buenas legislaciones y buenas respuestas institucionales?, ¿frente a todos los hombres?,

La sencilla afirmación plantea que las mujeres son en su conjunto víctimas potenciales que deben asumir la defensa de sus derechos ante una minoría de varones agresivos. Así, el colectivo masculino mayoritario queda en el limbo, no son ni parte del problema ni de la solución. ¿Dónde colocaremos a los varones que promueven situaciones de desigualdad en todos los ámbitos? ¿Y a los que las consienten porque les benefician aun cuando muchos de ellos no sean conscientes de sus privilegios? De entrada, la respuesta no contemplaba apoyo masculino.

Pensemos en el caso concreto de las agresiones sexuales. Todas las mujeres, desde que tenemos uso de razón, hemos recibido mensajes claros sobre los riesgos que nuestra simple presencia en la calle puede acarrearnos. Todas podemos trazar un mapa preciso de nuestro entorno, sabemos por qué calles y a qué hora sí y por cuáles mejor que no. Nos han transmitido y hemos transmitido estrategias, conocemos desde pequeñas la amenaza real y difusa, permanente pero emboscada, porque en la calle hay agresiones, sí, pero también es cierto que la mayor parte de los abusos se cometen en escenarios privados, en el teórico espacio de lo seguro. Vuelve acompañada, vuelve en taxi, quédate con la matrícula, llámame cuando vuelvas para casa, llámame para que vaya a buscarte, me da igual la hora pero no vengas sola… ¿Paranoias? No, el común y secular proceso de socialización de las chicas. La mayoría de nosotras puede contar un episodio donde la amenaza se materializó. Seguiremos transmitiendo este conocimiento porque la realidad sigue siendo violenta con las mujeres. Pero no es el único camino para cambiarla, es más, puede que ni siquiera el más eficaz.

¿Quién comete las agresiones, quién posee la mayor parte de los recursos, el poder, los medios de comunicación, la capacidad de legislar, la capacidad coercitiva? Mayoritariamente, hombres. ¿Quién podría decidir no cometerlas, no vulnerar derechos, quien podría utilizar la capacidad de comunicación, discurso, legislación y protección? Mayoritariamente, hombres.

Y sin embargo, los chicos, el grupo masculino en etapas formativas, no recibe una educación proporcional o paralela a la de sus compañeras. Los agresores son hombres pero, ¿qué presencia tiene la prevención de los comportamientos violentos, el trabajo de la empatía desde la cuna, en la educación transmitida en casa, por sus padres? ¿Qué presencia tiene en la transmisión informal de valores en el grupo de iguales? ¿Cuántos chavales leen y ven asqueados o ríen y difunden ciertos comentarios, mensajes y chistes machistas, vejatorios, que inferiorizan a las mujeres? ¿Cuántos de sus padres, profesores, entrenadores, tíos y vecinos han recibido, escuchado o visto tales perlas y han callado o las han difundido? Si ya se hace difícil rechazar algo que llega de fuera, cuánto más condenar un hecho o afear una conducta.¿Tú no puedes hacer nada ahí? Vivimos un tiempo desregularizado en lo formal, que ensalza lo inmediato, muchas veces lo burdo y efectista y el sexismo siempre hace diana.

Estos días veremos muchos mensajes contra la violencia de género con cara de mujer. Pero, en nuestra sociedad profundamente desigual, la cara de los violentos de género es masculina. Una mujer puede haber hecho todo el recorrido de víctima a superviviente y con ello no ha eliminado la violencia. ¿Es entonces solo cosa de mujeres? ¿Qué puedes hacer tú?.

Por Maite Pérez Larumbe

Presidenta del Colectivo Alaiz

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